1929-1932: Capítulo 1. Las características del desarrollo de Rusia, de la Historia de la Revolución Rusa
The History of the Russian Revolution fue escrita en ruso en el destierro de Trotsky en la isla de Prinkipo, mar de Mármara, Turquía. Iniciada por él en 1929 -en noviembre Alexandra Ramm recibió la primera sinopsis- y acabada el 29 de junio de 1932, en que envía a Alexandra Ramm el último Apéndice que cerraba el tercer volumen, aparece The History of the Russian Revolution. vols I-III, traducida por Max Eastman, en Londres 1932-33.
Este capítulo del libro de Lev Trostky "Istoria ruscoi revolutsii", está tomado de la edición en español "Historia de la revolución rusa", publicada por SARPE (Madrid) en 1985, utilizando la traducción de Andrés Nin, Lucía Gonzalez y Luis Pastor. Pags. 31-39.
Editado digitalmente para RED VASCA ROJA por Julagaray. Donostia, Gipuzkoa, Euskal Herria. 22 de julio de 1997.
Ver comentario de esta obra en nuestra Guía de Lecturas.
El rasgo fundamental y más constante de la historia de
Rusia es el carácter rezagado de su desarrollo, con el
atraso económico, el primitivismo de las formas sociales
y el bajo nivel de cultura que son su obligada consecuencia.
La población de aquellas estepas gigantescas, abiertas
a los vientos inclementes del Oriente y a los invasores asiáticos,
nació condenada por la naturaleza misma a un gran rezagamiento.
La lucha con los pueblos nómadas se prolonga hasta fines
del siglo XVII. La lucha con los vientos que arrastran en invierno
los hielos y en verano la sequía aún se sigue librando
hoy en día. La agricultura -base de todo el desarrollo
del país- progresaba de un modo extensivo: en el norte
eran talados y quemados los bosques, en el sur se roturaban las
estepas vírgenes; Rusia fue tomando posesión de
la naturaleza no en profundidad, sino en extensión.
Mientras que los pueblos bárbaros de Occidente se instalaban
sobre las ruinas de la cultura romana, muchas de cuyas viejas
piedras pudieron utilizar como material de construcción,
los eslavos de Oriente se encontraron en aquellas inhóspitas
latitudes de la estepa huérfanos de toda herencia: su antecesores
vivían en un nivel todavía más bajo que el
suyo. Los pueblos de la Europa occidental, encerrados en seguida
dentro de sus fronteras naturales, crearon los núcleos
económicos y de cultura de las sociedades industriales.
La población de la llanura oriental, tan pronto vio asomar
los primeros signos de penuria, penetró en los bosques
o se fue a las estepas. En Occidente, los elementos más
emprendedores y de mayor iniciativa de la población campesina
vinieron a la ciudad, se convirtieron en artesanos, en comerciantes.
Algunos de los elementos activos y audaces de Oriente se dedicaron
también al comercio, pero la mayoría se convirtieron
en cosacos, en colonizadores.
El proceso de diferenciación social tan intensivo en Occidente,
en Oriente veíase contenido y esfumado por el proceso de
expansión. «El zar de los moscovitas, aunque cristiano,
reina sobre gente de inteligencia perezosa», escribía
Vico, contemporáneo de Pedro I. Aquella «inteligencia
perezosa» de los moscovitas reflejaba la lentitud del ritmo
económico, la vaguedad informe de las relaciones de clase,
la indigencia de la historia interior.
Las antiguas civilizaciones de Egipto, India y la China tenían
características propias que se bastaban a sí mismas
y disponían de tiempo suficiente para llevar sus relaciones
sociales, a pesar del bajo nivel de sus fuerzas productivas, casi
hasta esa misma minuciosa perfección que daban a sus productos
los artesanos de dichos países. Rusia hallábase
enclavada entre Europa y Asia, no sólo geográficamente,
sino también desde un punto de vista social e histórico.
Se diferenciaba en la Europa occidental, sin confundirse tampoco
con el Oriente asiático, aunque se acercase a uno u otro
continente en los distintos momentos de su historia, en uno u
otro respecto. El Oriente aportó el yugo tártaro,
elemento importantísimo en la formación y estructura
del Estado ruso. El Occidente era un enemigo mucho más
temible; pero al mismo tiempo un maestro. Rusia no podía
asimilarse a las formas de Oriente, compelida como se hallaba
a plegarse constantemente a la presión económica
y militar de Occidente.
La existencia en Rusia de un régimen feudal, negada por
los historiadores tradicionales, puede considerarse hoy indiscutiblemente
demostrada por las modernas investigaciones. Es más: los
elementos fundamentales del feudalismo ruso eran los mismos que
los de Occidente. Pero el solo hecho de que la existencia en Rusia
de una época feudal haya tenido que demostrarse mediante
largas polémicas científicas, es ya claro indicio
del carácter imperfecto del feudalismo ruso, de sus formas
indefinidas, de la pobreza de sus monumentos culturales.
Los países atrasados se asimilan las conquistas materiales
e ideológicas de las naciones avanzadas. Pero esto no significa
que sigan a estas últimas servilmente, reproduciendo todas
las etapas de su pasado. La teoría de la reiteración
de los ciclos históricos -procedente de Vico y sus secuaces-
se apoya en la observación de los ciclos de las viejas
culturas precapitalistas y, en parte también, en las primeras
experiencias del capitalismo. El carácter provincial y
episódico de todo el proceso hacia que, efectivamente,
se repitiesen hasta cierto punto las distintas fases de cultura
en los nuevos núcleos humanos. Sin embargo, el capitalismo
implica la superación de estas condiciones. El capitalismo
prepara y, hasta cierto punto, realiza la universalidad y permanencia
en la evolución de la humanidad. Con esto se excluye ya
la posibilidad de que se repitan las formas evolutivas en las
distintas naciones. Obligado a seguir a los países avanzados,
el país atrasado no se ajusta en su desarrollo a la concatenación
de las etapas sucesivas. El privilegio de los países históricamente
rezagados -que lo es realmente- está en poder asimilarse
las cosas o, mejor dicho, en obligarse a asimilárselas
antes del plazo previsto, saltando por alto toda una serie de
etapas intermedias. Los salvajes pasan de la flecha al fusil de
golpe, sin recorrer la senda que separa en el pasado esas dos
armas. Los colonizadores europeos de América no tuvieron
necesidad de volver a empezar la historia por el principio. Si
Alemania o los Estados Unidos pudieron dejar atrás económicamente
a Inglaterra fue, precisamente, porque ambos países venían
rezagados en la marcha del capitalismo. Y la anarquía conservadora
que hoy reina en la industria hullera británica y en la
mentalidad de MacDonald y de sus amigos es la venganza por ese
pasado en que Inglaterra se demoró más tiempo del
debido empuñando el cetro de la hegemonía capitalista.
El desarrollo de una nación históricamente atrasada
hace, forzosamente, que se confundan en ella, de una manera característica,
las distintas fases del proceso histórico. Aquí
el ciclo presenta, enfocado en su totalidad, un carácter
confuso, embrollado, mixto.
Claro está que la posibilidad de pasar por alto las fases
intermedias no es nunca absoluta; hállase siempre condicionada
en última instancia por la capacidad de asimilación
económica y cultural del país. Además, los
países atrasados rebajan siempre el valor de las conquistas
tomadas del extranjero al asimilarlas a su cultura más
primitiva. De este modo, el proceso de asimilación cobra
un carácter contradictorio. Así por ejemplo, la
introducción de los elementos de la técnica occidental,
sobre todo la militar y manufacturera, bajo Pedro I se tradujo
en la agravación del régimen servil como forma fundamental
de la organización del trabajo. El armamento y los empréstitos
a la europea -productos, indudablemente, de una cultura más
elevada- determinaron el robustecimiento del zarismo, que, a su
vez, se interpuso como un obstáculo ante el desarrollo
del país.
Las leyes de la historia no tienen nada de común con el
esquematismo pedantesco. El desarrollo desigual, que es la ley
más general del proceso histórico, no se nos revela,
en parte alguna, con la evidencia y la complejidad con que la
patentiza el destino de los países atrasados. Azotados
por el látigo de las necesidades materiales, los países
atrasados vense obligados a avanzar a saltos. De esta ley universal
del desarrollo desigual de la cultura se deriva otra que, a falta
de nombre más adecuado, calificaremos de ley del desarrollo
combinado, aludiendo a la aproximación de las distinta
etapas del camino y a la confusión de distintas fases,
a la amalgama de formas arcaicas y modernas. Sin acudir a esta
ley, enfocada, naturalmente, en la integridad de su contenido
material, sería imposible comprender la historia de Rusia
ni la de ningún otro país de avance cultural rezagado,
cualquiera que sea su grado.
Bajo la presión de Europa, más rica, el Estado ruso
absorbía una parte proporcional mucho mayor de la riqueza
nacional que los Estados occidentales, con lo cual no sólo
condenaba a las masas del pueblo a una doble miseria, sino que
atentaba también contra las bases de las clases pudientes.
Pero, al propio tiempo, necesitado del apoyo de estas últimas,
forzaba y reglamentaba su formación. Resultado de esto
era que las clases privilegiadas, que se habían ido burocratizando,
no pudiesen llegar a desarrollarse nunca en toda su pujanza, razón
por la cual el Estado iba acercándose cada vez más
al despotismo asiático.
La autocracia bizantina, adoptada oficialmente por los zares moscovitas
desde principios del siglo XVI, domeñó a los boyardos
feudales con ayuda de la nobleza y sometió a ésta
a su voluntad, entregándole los campesinos como siervos
para erigirse sobre estas bases en el absolutismo imperial petersburgués.
Para comprender el retraso con que se desarrolla este proceso
histórico, baste decir que la servidumbre de la gleba,
que surge en el transcurso del siglo XVI, se perfecciona en el
XVII y florece en el XVIII, para no abolirse jurídicamente
hasta 1861.
El clero desempeña, después de la nobleza, un papel
bastante importante, pero completamente mediatizado, en el proceso
de formación de la autocracia zarista. La Iglesia no se
remonta nunca en Rusia a las alturas del poder que llega a ocupar
en el Occidente católico, y se contenta con llenar las
funciones de servidora espiritual cerca de la autocracia, apuntándose
esto como un mérito de su datarios del brazo secular. Los
patriarcas cambiaban al cambiar los zares. En el período
petersburgués, la sujeción de la Iglesia al Estado
hízose todavía más servil. Los doscientos
mil curas y frailes integraban en el fondo la burocracia del país,
eran una especie de cuerpo policiaco de la fe: en justa reciprocidad,
la policía secular amparaba el monopolio del clero ortodoxo
en materia de fe y protegía sus tierras y sus rentas.
La eslavofilia, este mesianismo del atraso, razonaba su filosofía
diciendo que el pueblo ruso y su Iglesia eran fundamentalmente
democráticos, en tanto que la Rusia oficial no era otra
cosa que la burocracia alemana implantada por Pedro el Grande.
Marx observaba, a este propósito: «Exactamente lo
mismo que los asnos teutónicos desplazaron el despotismo
de Federico II, etc., a los franceses, como si los esclavos atrasados
no necesitaran siempre de esclavos civilizados para amaestrarlos».
Esta breve observación refleja perfectamente no sólo
la vieja filosofía de los eslavófilos, sino también
el evangelio moderno de los «racistas».
La incidencia del feudalismo ruso y de toda la historia rusa antigua
cobraba su más triste expresión en la ausencia de
auténticas ciudades medievales como centros de artesanía,
de comercio. En Rusia el artesanado no tuvo tiempo de desglosarse
por entero de la agricultura y conservó siempre el carácter
del trabajo a domicilio. Las viejas ciudades rusas eran centros
comerciales, administrativos, militares y de la nobleza; centros,
por consiguiente, consumidores y no productores. La misma ciudad
de Novgorod, tan cercana a la Hansa y que no llegó a conocer
el yugo tártaro, era una ciudad comercial sin industria.
Cierto es que la dispersión de los oficios campesinos,
repartidos por las distintas comarcas, creaba la necesidad de
una red comercial extensa. Pero los mercaderes nómadas
no podían ocupar, en modo alguno, el puesto que en Occidente
ocupaba la pequeña y media burguesía de los gremios
de artesanos en el comercio y la industria, indisolublemente unida
a su periferia campesina. Además, las principales vías
de comunicación del comercio ruso conducían al extranjero,
asegurando así al capital extranjero, desde los tiempos
más remotos, el puesto directivo y dando un carácter
semicolonial a todas las operaciones, en que el comerciante ruso
quedaba reducido al papel de intermediario entre las ciudades
occidentales y la aldea rusa. Este género de relaciones
económicas experimentó un cierto avance en la época
del capitalismo ruso y tuvo su apogeo y suprema expresión
en la guerra imperialista.
La insignificancia de las ciudades rusas, que es lo que más
contribuyó a formar en Rusia el tipo de Estado asiático,
excluía, en particular, la posibilidad de un movimiento
de Reforma encaminada a sustituir la Iglesia ortodoxa burocrático-feudal
por una variante cualquiera moderna del cristianismo adaptada
a las necesidades de la sociedad burguesa. La lucha contra la
Iglesia del Estado no trascendía de los estrechos límites
de las sectas campesinas, sin excluir la más poderosa de
todas, el cisma de los «creyentes viejos».
Quince años antes de que estallase la gran Revolución
francesa se desencadenó en Rusia el movimiento de los cosacos,
labriegos y obreros serviles de los montes Urales, acaudillado
por Pugachev. ¿Qué le faltó a aquella furiosa
insurrección popular para convertirse en verdadera revolución?
Le faltó el tercer estado. Sin la democracia industrial
de las ciudades, era imposible que la guerra campesina se transformase
en revolución, del mismo modo que las sectas aldeanas no
podían llevar a cabo una Reforma. Lejos de provocar una
revolución, el alzamiento de Pugachev sirvió para
consolidar el absolutismo burocrático como servidor fiel
de los intereses de la nobleza, y volvió a demostrar su
eficacia en una hora difícil.
La europeización del país, que comenzó formalmente
bajo Pedro el Grande, fue convirtiéndose cada vez más,
en el transcurso del siglo siguiente, en una necesidad de la propia
clase gobernante, es decir, de la nobleza. En 1825, la intelectualidad
aristocrática, dando expresión política a
esta necesidad, se lanzó a una conspiración militar,
con el fin de poner freno a la autocracia. Presionada por el desarrollo
de la burguesía europea, la nobleza avanzada intentaba,
de este modo, suplir la ausencia del tercer estado. Pero no se
resignaba, a pesar de todo, a renunciar a sus privilegios de casta;
aspiraba a combinarlos con el régimen liberal por el que
luchaba; por eso, lo que más temía era que se levantaran
los campesinos. No tiene nada de extraño que aquella conspiración
no pasara de ser la hazaña de unos cuantos oficiales brillantes,
pero aislados, que sucumbieron casi sin lucha. Ese sentido tuvo
la sublevación de los «decembristas». (1)
Los terratenientes que poseían fábricas fueron los
primeros de su estamento que se iniciaron hacia la sustitución
del trabajo servil por el trabajo libre. Otro de los factores
que impulsaban esta medida era la exportación, cada día
mayor, de cereales rusos al extranjero. En 1861, la burocracia
noble, apoyándose en los terratenientes liberales, implanta
la reforma campesina. El impotente liberalismo burgués,
reducido a su papel de comparsa, no tuvo más remedio que
contemplar el cambio pasivamente. No hace falta decir que el zarismo
resolvió el problema fundamental de Rusia, esto es, la
cuestión agraria, de un modo todavía más
mezquino y rapaz de como la monarquía prusiana había
de resolver, a la vuelta de pocos años, el problema capital
de Alemania: su unidad nacional. La solución de los problemas
que incumben a una clase por obra de otra es una de las combinaciones
a que aludíamos, propias de los países atrasados.
Pero donde se revela de un modo más indiscutible la ley
del desarrollo combinado es en la historia y el carácter
de la industria rusa. Nacida tarde, no repite la evolución
de los países avanzados, sino que se incorpora a éstos,
adaptando a su atraso propio las conquistas más modernas.
Si la evolución económica general de Rusia saltó
sobre los períodos del artesanado gremial y de la manufactura,
algunas ramas de su industria pasaron por alto toda una serie
de etapas técnico-industriales que en Occidente llenaron
varias décadas. Gracias a esto, la industria rusa pudo
desarrollarse en algunos momentos con una rapidez extraordinaria.
Entre la revolución de 1905 y la guerra, Rusia dobló,
aproximadamente, su producción industrial. A algunos historiadores
rusos esto les parece una razón bastante concluyente para
deducir que «hay que abandonar la leyenda del atraso y del
progreso lento». En rigor la posibilidad de un tan rápido
progreso hallábase condicionada precisamente por el atraso
del país, que no sólo persiste hasta el momento
de la liquidación de la vieja Rusia, sino que aún
perdura como herencia de ese pasado hasta el día de hoy.
El termómetro fundamental para medir el nivel económico
de una nación es el rendimiento del trabajo, que, a su
vez, depende del peso específico de la industria en la
economía general del país. En vísperas de
la guerra, cuando la Rusia zarista había alcanzado el punto
culminante de su bienestar, la parte alícuota de riqueza
nacional que correspondía a cada habitante era ocho o diez
veces inferior a la de los Estados Unidos, lo cual no tiene nada
de sorprendente si se tiene en cuenta que las cuatro quintas partes
de la población obrera de Rusia se concentraban en la agricultura,
mientras que en los Estados Unidos, por cada persona ocupada en
las labores agrícolas había 2,5 obreros industriales.
Añádase a esto que en vísperas de la guerra
Rusia tenía 0,4 kilómetros de líneas férreas
por cada 100 kilómetros cuadrados, mientras que en Alemania
la proporción era de 1,7 y de 7 en Autria-Hungría,
y por el estilo, todos los demás coeficientes comparativos
que pudiéramos mencionar.
Como ya hemos dicho, es precisamente en el campo de la economía
donde se manifiesta con su máximo relieve la ley del desarrollo
combinado. Y así, mientras que hasta el momento mismo de
estallar la revolución, la agricultura se mantenía,
con pequeñas excepciones, casi en el mismo nivel del siglo
XVII, l la industria, en lo que a su técnica y a su estructura
capitalista se refería, estaba al nivel de los países
más avanzados, y, en algunos respectos, los sobrepasaba.
En el año 1914 las pequeñas industrias con menos
de cien obreros representaban en los Estados Unidos un 35 por
100 del censo total de obreros industriales, mientras que en Rusia
este porcentaje era tan sólo de 17,8. La mediana y la gran
industria, con una nómina de 100 a 1.000 obreros, representaban
un peso específico aproximadamente igual; los centros fabriles
gigantescos que daban empleo a más de mil obreros cada
uno y que en los Estados Unidos sumaban el 17,8 por 100 del censo
total de la población obrera, en Rusia representaban el
41,4 por 100. En las regiones industriales más importantes
este porcentaje era todavía más elevado: en la zona
de Petrogrado era de 44,4 por 100; en la de Moscú, de 57,3
por 100. A idénticos resultados llegamos comparando la
industria rusa con la inglesa o alemana. Este hecho, que nosotros
fuimos los primeros en registrar en el año 1908, se aviene
mal con la idea que vulgarmente se tiene del atraso económico
de Rusia. Y, sin embargo, no excluye este atraso, sino que lo
complementa dialécticamente.
También la fusión del capital industrial con el
bancario se efectuó en Rusia en proporciones que tal vez
no haya conocido ningún otro país. Pero la mediatización
de la industria por los Bancos equivalía a su mediatización
por el mercado financiero de la Europa occidental. La industria
pesada (metal, carbón, petróleo) se hallaba sometida
casi por entero al control del capital financiero internacional
, que se había creado una red auxiliar y mediadora de Bancos
en Rusia. La industria ligera siguió las mismas huellas.
En términos generales, cerca del 40 por 100 del capital
acciones invertido en Rusia pertenecía a extranjeros, y
la proporción era considerablemente mayor en las ramas
principales de la industria. Sin exageración, puede decirse
que los paquetes de acciones que controlaban los principales bancos,
empresas y fábricas de Rusia estaban en manos de extranjeros,
debiendo advertirse que la participación de los capitales
de Inglaterra, Francia y Bélgica representaba casi el doble
de la de Alemania.
Las condiciones originarias de la industria rusa y de su estructura
informan el carácter social de la burguesía de Rusia
y su fisonomía política. La intensa concentración
industrial suponía, ya de suyo, que entre las altas esferas
capitalistas y las masas del pueblo no hubiese sito para una jerarquía
de capas intermedias. Añádase a esto que los propietarios
de las más importantes empresas industriales, bancarias
y de transportes eran extranjeros que cotizaban los beneficios
obtenidos en Rusia y su influencia política en los parlamentos
extranjeros, razón por la cual no sólo no les interesaba
fomentar la lucha por el parlamentarismo ruso, sino que muchas
veces le hacían frente: bate recordar el vergonzoso papel
que desempeñaba en Rusia la Francia oficial. Tales eran
las causas elementales e insuperables del aislamiento político
y del odio al pueblo de la burguesía rusa. Y si ésta,
en los albores de su historia, no había alcanzado el grado
necesario de madurez para acometer la reforma del Estado, cuando
las circunstancias le depararon la ocasión de ponerse al
frente de la revolución demostró que llegaba ya
tarde.
En consonancia con el desarrollo general del país, la base
sobre la que se formó la clase obrera rusa no fue el artesanado
gremial, sino la agricultura; no fue la ciudad, sino el campo.
Además, el proletariado de Rusia no fue formándose
paulatinamente a lo largo de los siglos, arrastrando tras sí
el peso del pasado, como en Inglaterra, sino a saltos, por una
transformación súbita de las condiciones de vida,
de las relaciones sociales, rompiendo bruscamente con el ayer.
Esto fue, precisamente, lo que, unido al yugo concentrado el zarismo,
hizo que los obreros rusos se asimilaran las conclusiones más
avanzadas del pensamiento revolucionario, del mismo modo que la
industria rusa, llegada al mundo con retraso, se asimiló
las últimas conquistas de la organización capitalista.
El proletariado ruso tornaba a producir, una y otra vez, la breve
historia de sus orígenes. Al tiempo que en la industria
metalúrgica, sobre todo en Petersburgo, cristalizaba y
surgía una categoría de proletarios depurados que
habían roto completamente con la aldea, en los Urales seguía
predominando el tipo obrero de semiproletario, semicampesino.
La afluencia de nuevas hornadas de mano de obra del campo a las
regiones industriales renovaba todos los años los lazos
que unían al proletariado con su cantera social.
La incapacidad de acción política de la burguesía
se hallaba directamente informado por el carácter de sus
relaciones con el proletariado y la clase campesina. La burguesía
no podía arrastrar consigo a los obreros a quienes la
vida de todos los días enfrentaba con ella y que, además,
aprendieron en seguida a generalizar sus problemas. Y la misma
incapacidad demostraba para atraerse a los campesinos, atada como
estaba a los terratenientes por una red de intereses comunes y
temerosa de que el régimen de propiedad, en cualquiera
de sus formas, se viniese a tierra. El retraso de la revolución
rusa no era tan sólo, como se ve, un problema de cronología,
sino que afectaba también a la estructura social del país.
Inglaterra hizo su revolución puritana en una época
en que su población total no pasaba de los cinco millones
y medio de habitantes, de los cuales medio millón correspondía
a Londres. En la época de la Revolución francesa
París no contaba tampoco con más de medio millón
de almas de los veinticinco que formaban el censo total del país.
A principios del siglo XX Rusia tenía cerca de ciento cincuenta
millones de habitantes, más de tres millones de los cuales
se concentraban en Petrogrado y Moscú. Detrás de
estas cifras comparativas laten grandes diferencias sociales.
La Inglaterra del siglo XVII, como la Francia del siglo XVIII,
no conocían aún el proletariado moderno. En cambio,
en Rusia la clase obrera contaba, en 1905, incluyendo la ciudad
y el campo, no menos de diez millones de almas, que, con sus familias,
venían a representar más de veinticinco millones
de almas, cifra que superaba la de la población total de
Francia en la época de la Gran Revolución. Desde
los artesanos acomodados y los campesinos independientes que formaban
en el ejército de Cromwell hasta los proletarios industriales
de Petersburgo, pasando por los sansculottes de París,
la revolución hubo de modificar profundamente su mecánica
social, sus métodos, y con éstos también,
naturalmente, sus fines.
Los acontecimientos de 1905 fueron el prologo de las dos revoluciones
de 1917: la de Febrero y la de Octubre. El prólogo contenía
ya todos los elementos del drama, aunque éstos no se desarrollasen
hasta el fin. La guerra ruso-japonesa hizo tambalearse al zarismo.
La burguesía liberal se valió del movimiento de
las masas para infundir un poco de miedo desde la oposición
a la monarquía. Pero los obreros se emanciparon de la burguesía,
organizándose aparte de ella y frente a ella en los soviets,
creados entonces por vez primera. Los campesinos s levantaron,
al grito de «¡tierra!», en toda la gigantesca extensión
del país. Los elementos revolucionarios del ejército
sentíanse atraídos, tanto como los campesinos, por
los soviets, que, en el momento álgido de la revolución,
disputaron abiertamente el poder a la monarquía. Fue entonces
cuando actuaron pro primera vez en la historia de Rusia todas
las fuerzas revolucionarias: carecían de experiencia y
les faltaba la confianza en sí mismas. Los liberales retrocedieron
ostentosamente ante la revolución en el preciso momento
en que se demostraba que no bastaba con hostilizar al zarismo,
sino que era preciso derribarlo. La brusca ruptura de la burguesía
con el pueblo, que hizo que ya entonces se desprendiese de aquélla
una parte considerable de la intelectualidad democrática,
facilitó a la monarquía la obra de selección
dentro del ejército, le permitió seleccionar las
fuerzas fieles al régimen y organizar una sangrienta represión
contra los obreros y campesinos. Y, aunque con algunas costillas
rotas, el zarismo salió vivo y relativamente fuerte de
la prueba de 1905.
¿Qué alteraciones introdujo en el panorama de las
fuerzas sociales el desarrollo histórico que llena los
once años que median entre el prólogo y el drama?
Durante este período se acentúa todavía más
la contradicción entre el zarismo y las exigencias de la
historia. La burguesía se fortificó económicamente,
pero ya hemos visto que su fuerza se basaba en la intensa concentración
de la industria y en la importancia creciente del capital extranjero.
Adoctrinada por las enseñanzas de 1905, la burguesía
se hizo aún más conservadora y suspicaz. El peso
específico dentro del país de la pequeña
burguesía y de la clase media, que ya antes era insignificante,
disminuyó más aún. La intelectualidad democrática
no disponía del menor punto consistente de apoyo social.
Podía gozar de una influencia política transitoria,
pero nunca desempeñar un papel propio: hallábase
cada vez más mediatizada por el liberalismo burgués.
En estas condiciones no había más que un partido
que pudiera brindar un programa, una bandera y una dirección
a los campesinos: el proletariado. La misión grandiosa
que le estaba reservada engendró la necesidad inaplazable
de crear una organización revolucionaria propia, capaz
de reclutar a las masas del pueblo y ponerlas al servicio de la
revolución, bajo la iniciativa de los obreros. Así
fue como los soviets de 1905 tomaron en 1917 un gigantesco desarrollo.
Que los soviets -dicho sea de paso- no son, sencillamente, producto
del atraso histórico de Rusia, sino fruto de la ley del
desarrollo social combinado, lo demuestra por sí solo el
hecho de que el proletariado del país más industrial
del mundo, Alemania, no hallase durante la marejada revolucionaria
de 1918-1919 más forma de organización que los soviets.
La Revolución de 1917 perseguía como fin inmediato
el derrumbamiento de la monarquía burocrática. Pero,
a diferencia de las revoluciones burguesas tradicionales, daba
entrada en la acción, en calidad de fuerza decisiva, a
una nueva clase, hija de los grandes centros industriales y equipada
con una nueva organización y nuevos métodos de lucha.
La ley del desarrollo social combinado se nos presenta aquí
en su expresión última: la revolución, que
comienza derrumbando toda la podredumbre medieval, a la vuelta
de pocos meses lleva al poder al proletariado acaudillado por
el partido comunista.
El punto de partida de la revolución rusa fue la revolución
democrática. Pero planteó en términos nuevos
el problema de la democracia política. Mientras los obreros
llenaban el país de soviets, dando entrada en ellos a los
soldados y, en algunos sitios, a los campesinos, la burguesía
seguía entreteniéndose en discutir si debía
o no convocarse la Asamblea constituyente. Conforme vayamos exponiendo
los acontecimientos, veremos dibujarse esta cuestión de
un modo perfectamente concreto. Por ahora queremos limitarnos
a señalar el puesto que corresponde a los soviets en la
concatenación histórica de las ideas y las formas
revolucionarias.
La revolución burguesa de Inglaterra, planteada a mediados
del siglo XVIII, se desarrolló bajo el manto de la Reforma
religiosa. El súbdito inglés, luchando por su derecho
a rezar con el devocionario que mejor le pareciese, luchaba contra
el rey, contra la aristocracia, contra los príncipes de
la Iglesia y contra Roma. Los presbiterianos y los puritanos de
Inglaterra estaban profundamente convencidos de que colocaban
sus intereses terrenales bajo la suprema protección de
la providencia divina. Las aspiraciones por que luchaban las nuevas
clases confundíanse inseparablemente en sus conciencias
con los textos de la Biblia y los ritos del culto religioso. Los
emigrantes del Maiflower llevaron consigo al otro lado
del océano esta tradición mezclada con su sangre.
A esto se debe la fuerza excepcional de resistencia de la interpretación
anglosajona del cristianismo. Y todavía es hoy el día
en que los ministros «socialistas» de la Gran Bretaña
encubren su cobardía con aquellos mismos textos mágicos
en que los hombres del siglo XVII buscaban una justificación
para su bravura.
En Francia, donde no prendió la Reforma, la Iglesia católica
perduró como Iglesia del Estado hasta la revolución,
que había de ir a buscar no a los textos de la Biblia,
sino a las abstracciones de la democracia, la expresión
y justificación para los fines de la sociedad burguesa.
Y por grande que sea el odio que los actuales directores de Francia
sientan hacia el jacobinismo, el hecho es que, gracias a la mano
dura de Robespierre, pueden permitirse ellos hoy el lujo de seguir
disfrazando su régimen conservador bajo fórmulas
por medio de las cuales se hizo saltar en otro tiempo a la vieja
sociedad.
Todas las grandes revoluciones han marcado a la sociedad burguesa una nueva etapa y nuevas formas de conciencia de sus clases. Del mismo modo que en Francia no prendió la Reforma, en Rusia no prendió tampoco la democracia formal. El partido revolucionario ruso a quien incumbió la misión de dejar estampado su sello en toda una época, no acudió a buscar la expresión de los problemas de la revolución a la Biblia, ni a esa democracia «pura» que no es más que el cristianismo secularizado, sino a las condiciones materiales de las clases que integran la sociedad. El sistema soviético dio a estas condiciones su expresión más sencilla, más diáfana y más franca. El régimen de e los trabajadores se realiza por vez primera en la historia bajo los soviets que, cualesquiera que sean las vicisitudes históricas que les estén reservadas, ha echado raíces tan profundas e indestructibles en la conciencia de las masas como, en su tiempo, la Reforma o la democracia pura.
Capítulo 2. La Rusia zarista y la guerra
(1)«Decembristas» o «dekabristas» por el mes
de diciembre, en que tuvo lugar la sublevación. [NDT.]